Desperté en un camión, no recuerdo qué ruta era ni hacia dónde se dirigía, volteé a mi alrededor y ahí estaba, con toda su elegancia, irradiando calma y seguridad, su hermosa cabellera oscura y corta, un vestido que resaltaba su cuerpo tan hermoso como si el mismo Buonarrotti lo hubiese esculpido. Me miró y supo quién era yo. Escuché perfectamente el susurro de sus sensuales labios pintados de rojo: "Pues está más bonita de lo que imaginaba". Yo me sonrojé y finjí no escuchar mientras miraba hacia otro lado que no fueran sus ojos abisales que no permiten la libertad a quien los mire.
La sensación de alegría que me invadía en ese momento puede compararse perfectamente como un fresco amanecer en un campo lleno de rocío.
Por la noche podía sentir que mi boca pronunciaba su nombre...